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Con el cierre de la Puerta Santa de San Pedro concluye un tiempo extraordinario de gracia, caracterizado por la llamada a la conversión, la reconciliación y la esperanza, elementos centrales de la espiritualidad jubilar y de la práctica penitencial asociada a este Año Santo.

El papa León XIV puso fin al Jubileo de la Esperanza, inaugurado por su predecesor, Francisco, hace un año, al cerrar solemnemente la Puerta Santa de la basílica de San Pedro del Vaticano, informó la agencia EFE

La Epifanía como horizonte de clausura

La elección de la solemnidad de la Epifanía del Señor para el cierre definitivo del Jubileo subraya su dimensión universal. La fiesta recuerda la manifestación de Cristo a todos los pueblos, representados en los Magos de Oriente, y reafirma la vocación misionera de la Iglesia.

Con la clausura del Año Santo 2025, se cierran las Puertas Santas, pero permanece la llamada a vivir los frutos espirituales de este tiempo de gracia, recordando que la luz de Cristo, que guió a los Magos hasta Belén, continúa invitando a todos a salir a su encuentro, más allá de los signos jubilares ya concluidos.

«Con ánimo agradecido nos disponemos a cerrar esta Puerta Santa, atravesada por una multitud de fieles, seguros de que el Buen Pastor mantiene siempre abierta la puerta de su corazón para acogernos cada vez que nos sentimos cansados y oprimidos», afirmó el Pontífice en su alocución previa al gesto conclusivo que puso fin a este gran evento eclesial que se inaugura de forma ordinaria cada cuarto de siglo para ofrecer la indulgencia plenaria a los fieles.

Tras el rito de la clausura de la Puerta Santa, el pontífice presidió la misa desde el altar de la Confesión. En su homilía, a partir del evangelio de los magos de oriente (cf. Mt 2,1-12), destacó la “alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo” que se da en el evangelio entre las actitudes de los sabios y de Herodes. Para León XIV, “celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático”.

Ante esta celebración, el Papa ha recordado “los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño”. Por ello denunció, que “a nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar”. “El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer”, añadió.

“Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir”, apeló el pontífice que invitó a “convertirse en peregrinos de esperanza”. “Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora”, concluyó a partir del ejemplo humilde de María.